| Jocelyne Bravo, Communication and Marketing Lead de Midas
Durante años, hablar de movilidad sostenible ha sido sinónimo de electrificación, reducción de emisiones y apuesta por nuevas soluciones de transporte. Las conversaciones públicas se han centrado en la transición hacia vehículos eléctricos, la implantación de zonas de bajas emisiones o el papel de las ciudades en la renuncia progresiva al coche privado. Sin embargo, existe un aspecto que permanece a la sombra, a pesar de jugar un papel relevante para el impacto medioambiental real del sector: el mantenimiento y la gestión de los materiales que permiten que la movilidad funcione día a día.
En un momento histórico en el que la sostenibilidad se ha convertido en un imperativo transversal, resulta imprescindible desplazar el foco hacia esta dimensión menos visible. Si entendemos que la movilidad no es únicamente un desplazamiento, sino todo aquello que ocurre antes, durante y después del uso de un vehículo, descubriremos que la verdadera transformación no depende solo de qué coche conduzco, sino de cómo se cuida, repara y mantiene ese mismo vehículo.
Es fácil entender el impacto ecológico asociado a fabricar un vehículo o a repostarlo. No lo es tanto comprender el efecto acumulado de miles de litros de aceite usado, neumáticos desgastados, baterías agotadas o filtros que han cumplido su función. Todos ellos forman parte de un ecosistema invisible que sostiene el día a día de la movilidad.
Y es precisamente en ese punto donde se juega gran parte del futuro sostenible del sector. No basta con impulsar soluciones limpias si mantenemos procesos lineales de eliminación de residuos. No existe movilidad sostenible sin un mantenimiento responsable.
Economía circular: más que un concepto, una infraestructura
La economía circular lleva años protagonizando foros y estrategias gubernamentales, pero todavía no hemos terminado de interiorizar que su éxito depende de decisiones que parecen menores. El neumático que se cambia en un taller, la batería que pierde capacidad o el aceite de motor que se renueva no son desechos anecdóticos: definen cadenas de valor, consumo de materias primas y emisiones futuras.
Un neumático abandonado incorrectamente puede tardar siglos en degradarse; un litro de aceite vertido a la naturaleza puede contaminar miles de litros de agua. La sostenibilidad real no reside tanto en proclamas como en acciones que previenen estos escenarios. Aquí es donde los talleres —actores silenciosos de la movilidad— asumen un papel estratégico.
Este cambio de mentalidad implica entender la postventa no como un sector auxiliar, sino como un engranaje crítico en la descarbonización. Cualquier avance tecnológico pierde sentido si no se acompaña de una correcta gestión de los residuos generados durante la vida útil del vehículo.
Un sector que empieza a tomar conciencia
Durante mucho tiempo, la conversación medioambiental se centró en fabricantes, legisladores y consumidores. Hoy, sin embargo, asistimos a una evolución significativa hacia los talleres.
En nuestro caso, desde Midas hemos integrado la economía circular como parte estructural del modelo operativo. Solo en el último ejercicio gestionamos más de 2.700 toneladas de residuos procedentes de nuestra actividad a través de 14 canales de reciclaje, con especial incidencia en materiales críticos como neumáticos, aceites usados y baterías.
No se trata de cifras aisladas, pero sí de un indicio de hacia dónde debe evolucionar todo el ecosistema. No estamos ante una moda ni ante una tendencia. La sostenibilidad se ha convertido en un requisito sistémico que condicionará toda la cadena de valor de la movilidad. La Unión Europea avanza hacia marcos regulatorios más exigentes, con metas claras de descarbonización y reutilización de materiales. Ese proceso no será reversible.
El gran desafío del sector no será desarrollar el coche más eficiente, sino garantizar que todo lo que hace posible ese coche, desde la primera pieza hasta el último residuo, tenga un destino compatible con el planeta que lo acoge. Ese es el verdadero punto de inflexión. Y solo cuando lo asumamos colectivamente podremos decir que la movilidad, por fin, avanza en la dirección correcta.