Jorge Ríos, CEO de Etecnic
Hay épocas en las que la economía avanza por acumulación, casi por inercia. Y hay otras, menos frecuentes, en las que cambia de lógica. Creo que estamos en una de estas últimas. No vivimos simplemente una nueva ola tecnológica ni una transición energética más o menos acelerada. Estamos entrando en una nueva revolución económica. Y, a mi juicio, la puerta de entrada a esa nueva etapa tiene tres bisagras muy concretas: la infraestructura, la digitalización y la electrificación.
Lo importante no es verlas como tres sectores. Lo importante es entenderlas como tres condiciones para competir, crecer y construir una economía mejor. Ese es, probablemente, el punto más relevante del momento actual: no estamos ante un cambio accesorio, sino ante una redefinición de la base productiva. McKinsey lo explica con claridad al analizar los nuevos grandes espacios de competencia global: las 18 “arenas” de futuro que identifica han crecido, entre 2022 y 2025, cuatro veces más rápido que el resto de industrias en capitalización y once veces más en ingresos; además, podrían generar entre 29 y 48 billones de dólares de facturación en 2040. (McKinsey & Company)
Ese dato no describe solo dónde habrá negocio. Describe dónde se va a decidir el poder económico de las próximas décadas. Y ahí aparecen, una y otra vez, las mismas palabras: capacidad industrial, red, computación, energía, conectividad, movilidad, tecnología de base. Es decir: infraestructura, digitalización y electrificación.
Durante demasiado tiempo, en Europa y también en España, hemos tendido a imaginar el progreso como algo relativamente liviano: más software, más servicios, más capa digital. Pero el mundo que viene no es más liviano. Es más exigente. La inteligencia artificial, los centros de datos, la automatización industrial, la electrificación del transporte o el almacenamiento energético no flotan en el aire. Necesitan redes, potencia, materiales, suelo, planificación, conexión y gestión. El gran error sería pensar que la nueva economía será sólo digital, cuando en realidad será digital porque antes será física, eléctrica e infraestructural. McKinsey lo formula casi sin rodeos: desde 2022, el bloque de industrias que sostiene la “AI foundation” —semiconductores, cloud y software de IA— ha sumado 500.000 millones de dólares en ingresos y 11 billones en capitalización, mientras la demanda de infraestructura y la inversión se han disparado en previsión de despliegues de IA de una escala muy superior a la actual. (McKinsey & Company)
A mí eso no me lleva a una lectura pesimista. Al contrario. Me lleva a una lectura de oportunidad. Porque si la nueva economía va a asentarse sobre infraestructura, digitalización y electrificación, entonces todavía estamos a tiempo de construir posiciones relevantes. Todavía estamos a tiempo de decidir si queremos ser un mercado que compra soluciones o una economía que también las diseña, despliega, opera y mejora. Todavía estamos a tiempo de conectar transición energética con tejido productivo, y eficiencia con competitividad.
La infraestructura, en este contexto, deja de ser una capa silenciosa para convertirse en una ventaja estratégica. Ya no hablamos solo de carreteras o de grandes obras clásicas, sino de red eléctrica, centros de datos, sistemas de recarga, almacenamiento, telecomunicaciones, plataformas de control y nodos de conexión entre energía y datos. Esa es la infraestructura que permitirá escalar la nueva economía. Y ahí hay una enorme oportunidad para modernizar territorios, reforzar cadenas de valor y atraer inversión útil.
La digitalización, por su parte, tampoco debería reducirse a un simple repertorio de herramientas. Digitalizar bien es gobernar mejor. Es tener visibilidad, trazabilidad, control y capacidad de decisión. Es poder coordinar activos complejos en tiempo real y hacer más eficiente aquello que antes funcionaba con fricción, opacidad o sobredimensionamiento. En la nueva economía, digitalizar no será un lujo: será la forma de operar con inteligencia.
Y la electrificación completa esa lógica porque introduce el gran vector de eficiencia. Electrificar no consiste únicamente en sustituir un motor por otro o una fuente energética por otra. Electrificar significa reorganizar el consumo de energía alrededor de sistemas más eficientes, mejor integrables con renovables y más compatibles con la economía del dato. Por eso el crecimiento del vehículo eléctrico no debe leerse sólo como una noticia sectorial, sino como una señal de profundidad. En España, las ventas de vehículos electrificados crecieron un 62,5% interanual en marzo, hasta 28.955 unidades, y un 59% en el primer trimestre, hasta 68.627. Además, ya representan más del 19% de las matriculaciones de turismos, frente al 13% de hace un año. (Cinco Días)
Esos datos son relevantes no solo porque confirman una tendencia. Son relevantes porque anticipan una exigencia. Si el mercado electrificado crece, crecerán también las necesidades de red, recarga, almacenamiento, software de gestión, integración con renovables, potencia disponible y operación inteligente. Dicho de otro modo: cada punto de avance en electrificación abre una oportunidad económica aguas arriba y aguas abajo. Y esa oportunidad no debería contemplarse con resignación regulatoria, sino con ambición industrial.

Precisamente por eso conviene ser críticos con la situación geopolítica actual. La consigna Drill, baby, drill expresa una idea de crecimiento basada en extraer más, quemar más y aplazar el rediseño del modelo económico. Es una consigna comprensible en la lógica del corto plazo, pero profundamente insuficiente en la lógica de la nueva revolución económica. Porque hoy el desafío ya no es solo producir energía: es producirla, gestionarla y usarla mejor. Y también hacerlo con más autonomía, menos vulnerabilidad y mayor sentido estratégico. Persistir en una visión puramente fósil no sólo empeora el balance ambiental; también retrasa la entrada en los sectores que van a concentrar inversión, margen, capacidad tecnológica y soberanía económica. (McKinsey & Company)
Mi mirada, sin embargo, sigue siendo optimista. Creo que esta transición puede ser una oportunidad extraordinaria para construir una economía mejor si se hace con cinco criterios claros. Primero, gobernanza local, porque las grandes transformaciones solo se consolidan cuando aterrizan bien en el territorio. Segundo, impacto social positivo, porque la modernización debe mejorar la vida real de las personas y reforzar el tejido empresarial. Tercero, protección del medio ambiente, no como freno, sino como condición de inteligencia a largo plazo. Cuarto, eficiencia energética, que será el verdadero lenguaje común entre competitividad y sostenibilidad. Y quinto, un modelo económico sostenible y rentable, porque sin rentabilidad no hay escala, y sin escala no hay transformación.
Por eso creo que infraestructura, digitalización y electrificación son mucho más que una respuesta técnica a los desafíos del presente. Son la oportunidad de entrar mejor en la nueva economía. No solo para crecer más, sino para crecer con más criterio, más autonomía y más valor. La revolución económica que viene ya ha empezado. La pregunta no es si participaremos en ella. La pregunta es si sabremos hacerlo para construir algo mejor.